La crisis de valores, juego de máscaras – Camilo Escalona

No cabe duda, hay una crisis de valores que afecta gravemente a la política, que aumenta la desafección y la hace impopular, y dedicarse a ella más impopular todavía, de tal realidad surgen conductas que agravan aún más la situación como la creencia que se debe ser político y hacer política sin reconocerlo.

Tal pretensión es un fraude, son personas que el conjunto de sus actividades, incluso la remuneración mensual, dependen de la política, pero para ellos los políticos son otras personas, entes ajenos, se desdoblan en individuos separados; esa es una forma reiterada de eludir y desviar la responsabilidad política que corresponde a cada cual. Esta forma de actuar está en el centro de la crisis de valores que daña la política.

Para hacer política sin reconocerlo, hay quienes crean organismos que disimulan esta treta, levantando “paraguas”, en especial, organismos o fundaciones que actúan como partidos políticos paralelos de sus controladores o financistas, que además burlan la ley tributaria ya que pagan costosos voceros, analistas y colaboradores presentando esos gastos como donaciones para entidades sin fines de lucro, lo que permite eludir el pago de los impuestos respectivos. En el hecho, se trata de privatizar la política, a través de verdaderos partidos de propiedad personal. La entidad del ex Presidente Piñera, Avanza Chile, ilustra bien ese tipo de situaciones.

Hay también personeros políticos que arman y desarman grupos de corta existencia, de modo de contar con una plataforma que les permita inscribir candidaturas de amistades o parientes, sin ningún tipo de respeto a la ciudadanía, pensando en el más exclusivo y directo interés personal. Hacen y deshacen el grupo o Partido en que participan como si se tratara del nudo de la corbata cada mañana.

El “yo” de algunos es tan grande que en lugar de formar parte o militar en un partido, se fabrican uno a la medida, los “visten”, los usan como la prenda que está de moda. Ha surgido un “nuevo tipo” de político, aquel que entiende el perfil individual como desfachatez y la proyección personal como apetitos sin límite, al punto qué comienzan su trayectoria en la acción política proclamando su candidatura a la Presidencia de Chile.

Lo mismo pasa con ciertos proyectos presidenciales, se suben y bajan como simple expresión de actores individuales que entran y salen de un carrusel de ambiciones personales, y no como la vigencia y permanencia de un proyecto país que se traduce en una alternativa política.

Aunque lo más alejado del propósito de dirigir el Estado sea la exhibición de “envases”, hay quienes llegan al punto de confundir la exposición de ideas con una actuación para la ocasión. Por ese camino fácil, de adular al interlocutor en cada caso, la política renuncia cada día que pasa a su misión, a su esencia de proponer políticas de Estado, opciones de sociedad y de agrupar las mayorías que puedan sustentarlas.

Desde la campaña de 1999, cuando un candidato audaz como Lavín se vistió de aymara, ahora todo puede pasar. La oferta demagógica es la que gana. Quince años después el lavinismo se impone, hoy lo que importa son los temas sin contenido, cáscaras que sean llamativas y ganen adherentes. La idea que impera es ganar la “cuña” del noticiero, pero el mensaje es vacío.

Hay otros que tanto hablan contra las cúpulas partidistas habiendo sido parte de ellas durante diez, quince, veinte o más años, sin dejar nunca de pertenecer a esas élites que se ataca y descalifica que da la impresión de un simple cinismo o un infecundo juego de máscaras.

Hay personas que dentro de sus Partidos hubieron de esforzarse arduamente para que les nombraran en las listas representativas de tales entes políticos en las organizaciones sociales de mayor alcance nacional, de modo especial, en la ardua tarea propia del mundo sindical. Hacen un esfuerzo encomiable por sus ideas y sus Partidos que, objetivamente, no se puede desconocer.

Pero, una vez en los cargos se vuelven “autónomos” y pasan a distinguirse por un ataque fácil y panfletario, que alimenta rencores más propios de la ultra derecha, contra la política que de las fuerzas de izquierda. Llegan a distinguirse en la aversión a las fuerzas organizadas. A la postre no hay ningún escrúpulo en hacerse parte de los slogans anarcos, cuyas raíces son más propias del fascismo que de la izquierda. Y se excusa con la falsa afirmación que todo se hace “defendiendo a los trabajadores”.

Hay muchos políticos que no se hacen cargo de sus hechos y conducta, cayendo en un “discurso” insostenible. Es el caso del ex Presidente Piñera, quien hace declaraciones públicas que indican que deben desaparecer los paraísos fiscales, es decir, aquellos Estados que prestan sus fronteras para proteger el negocio especulativo, sin tener que rendir balances ni aceptar controles o fiscalizaciones que les obliguen a pagar impuestos o dar cuenta de ilícitos como puede ser un delito tan grave como el lavado de dinero.

Sin embargo, en el sentido contrario a sus dichos, el holding personal y familiar, desde el que operan sus activos de miles de millones de dólares, radica en Islas Vírgenes, un símbolo de lo que es un paraíso fiscal, desde el que se ha burlado la legislación de decenas de Estados nacionales durante muchas décadas.

De la mano de estos “renuncios” a principios básicos de la ética política, camina el fenómeno de ofrecer un envase sin importar el contenido, lo que genera una acción política en que se acentúa el exclusivo afán de poder y la ansiedad por los cargos en que se expresa la pugna de los grupos en disputa. Así no se puede seguir. Las alternativas de gobierno tienen que ser algo más que celofán para una buena venta en el comercio.

La captura del Estado y que se extienda la corrupción es el mayor peligro que enfrenta la democracia en nuestro continente, esa es la tarea de las tareas, la derrota de los grupos corporativos y de interés que pueden imponer sus propósitos subalternos.

En ese ámbito, es válida la crítica de una conducta más que de una idea, de ciertos activistas gremiales que ven en el Estado un botín, un limón que se debe exprimir al máximo, hasta la última gota, en bonos, reajustes, vacaciones u otras granjerías de alto costo y alcance.

Ese fenómeno ha pasado muchas veces, bajo gobiernos que postulan alguna alternativa de Estado social, es propio de la tecno burocracia, que ha hundido tantas experiencias que se propusieron avanzar en mayor inclusión social en las que, indebidamente, los niveles medios y altos de la burocracia toman para sí una parte mayor de la riqueza social que les toca recibir de acuerdo a las condiciones de cada país.

Estas son hábitos difíciles de superar, por lo que dignificar la política resulta ser una meta de largo plazo; entre tanto afán de figuración personal, boletas, jubilazos y fraudes al Fisco en diferentes reparticiones públicas, ese es el gran desafío a resolver: si desde el sistema político habrá voluntad suficiente para revalidar y legitimar su rol de conducción del Estado o si ya es demasiado tarde y esa labor esencial quedará a la espera que otros actores puedan realizarla más adelante.

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